Pulida frente a cruda.
Roma es majestuosa y — a pesar del caos — relativamente domada para el turista: monumentos señalizados, museos organizados, infraestructura preparada para millones. Nápoles es la Italia sin filtro: ropa tendida en los callejones, motos disputando las aceras, una intensidad que asusta el primer día y engancha en el tercero. Roma impone respeto; Nápoles exige entrega.



